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LA ÚNICA FABRICA DE ACORDEONES (cont.)
Por Ina Godoy

HECHOS A MANO

 

Lo que hoy es el límite entre los barrios de Palermo y Chacarita, en 1918 era una zona donde los inmigrantes habían establecido sus quintas y puestos de venta de frutas y verduras. En las tardecitas, al final de la jornada de trabajo, los verduleros añoraban su tierra tocando y cantando sus canciones. “Escuchá la verdulera”, decían los vecinos, mientras oían los acordeones diatónicos que los inmigrantes solían tocar. Por ahí andaba Giovanni una tardecita de ésas, tocando en la casa de un compatriota, cuando vio salir a una joven a tirar un balde de agua para aplacar el polvo de la calle que subía con la temperatura. “Aquella bella ragazza era Elvira Moretti, su futura esposa, mi madre”, dice Nazareno, el menor de los 5 hijos del matrimonio. “Mi mamá siempre contaba que mi papá le pidió un día que le alcanzara la cola vinílica, y desde el momento en el que se la alcanzó, nunca dejó de trabajar en la fábrica, así que antes de nacer yo ya estaba en el taller, en la panza de mi madre”, agrega.

 

Un día de 1939, las piezas importadas para armar los acordeones dejaron de llegar desde Italia a la casona de Guevara 478. La Segunda Guerra Mundial había comenzado y así fue como Giovanni empezó a construir los instrumentos con sus propias manos, y las de toda su familia. “Fueron seis años en los que Europa parecía no existir, no llegaban cartas ni llamadas telefónicas”, dice Nazareno. “Pasaba los días enteros sentado en el torno haciendo botones de acordeón, trabajábamos como presos”, recuerda, más cerca del orgullo que del rencor. La historia del apellido que se convirtió en marca está guardada en su memoria en forma de infinitas anécdotas.  

 

“Un buen día vinieron tres alemanes, uno de ellos traía en la mano un catálogo que mi padre había mandado hacer, que hablaba de la primera y única fábrica de acordeones de Sudamérica.” Frente a la oferta de importar materia prima de Alemania y construir los instrumentos en Argentina que Giovanni recibió aquel día, preguntó: ¿cómo se van a llamar los acordeones? Y los alemanes respondieron nada más y nada menos que Hohner (“a lo sumo podemos hacer un modelo Anconetani de Hohner”, agregaron). “¿Sabe lo que les contestó mi padre?”, dice Nazareno, como quien habla del hombre más fuerte o más sabio del mundo: “¿Por qué no hacemos al revés? ¿Un modelo Hohner de Anconetani?”, y se entrega a las carcajadas. “Ese día aprendí una de las lecciones más sabias de la vida: cuando los alemanes se fueron, mi padre reunió a toda la familia, nos contó lo sucedido y nos pidió una opinión. La mayoría aprobó la propuesta, lo veían como una oportunidad de crecimiento, yo era muy chico y recuerdo perfectamente la respuesta de mi padre, que nos trató de estúpidos a todos y terminó diciendo que le vendíamos el alma a cualquiera”, recuerda Nazareno.

 

 

Así fue como los Anconetani sobrevivieron a la conquista de la mismísima Hohner y evolucionaron en la fabricación artesanal de instrumentos que se fueron destacando cada vez más por estar hechos a medida. “Un día vino un cliente que tocaba el acordeón, y acababa de perder el brazo izquierdo, a decirle a mi padre que quería seguir tocando. No sé cómo se le ocurrió, pero le hizo un aparato que de un lado se agarraba con una mano y del otro se apoyaba en una pierna con una especie de pie metálico, así tocaba aquel cliente y le iba muy bien. Cada instrumento que construimos es distinto a los demás, son piezas únicas”, asegura Nazareno.



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